CAPÍTULO 1 VYV

3 JULIO 1988

Sentado en el sofá de casa, Jake buscaba algo dentro de una caja llena de documentos y recortes de periódico. Llevaba horas revisando papeles sin encontrar nada y se había pasado toda la mañana de un lado para otro, desempolvando cajas y tratando de encontrar tan solo una dirección. Había encontrado hasta unas fotos en blanco y negro de cuando era pequeño, suyas y de sus hermanos. Cogió una en la que aparecía él solo, de pie delante de una fea y anticuada cortina, llorando. Era en su antigua casa de Philadelphia. Debía de tener tres años cuando le tomaron esa foto. La verdad, no solía ver muchas de cuando era pequeño, pues la gran mayoría eran de Zane y Louis. La dobló por la mitad y se la guardó en la cartera.

Después de eso se dio por vencido. Guardó de nuevo todas las fotos y dejó en su sitio el último montón de papeles que había revisado. Luego apartó las cajas a un lado del sofá y se repantigó ampliamente, estirando todas sus extremidades. Le crujieron las muñecas y el cuello. Se quedó descansando en silencio y recordando tiempos pasados. Hasta le pareció escuchar el sonido de una leve risa infantil.

Minutos después la puerta de la entrada se abrió. Louis fue el primero en aparecer en el interior. Poco después pasaron todos los demás: Zane, Arabia, Derek y Emily. Ésta última iba con la pequeña Danielle en brazos.

Jake prefirió no preguntar qué tal había ido la mañana. Hacía justo un año que sus padres y su prima pequeña habían fallecido en un accidente de tráfico, y todos ellos habían acudido a la ceremonia de recordación. Por supuesto, él se había quedado en casa. Le parecía absurdo ir a celebrar una cosa así, aunque sólo fuese por la memoria de los que ya no estaban. Y precisamente porque no estaban, Jake seguía obsesionado en encontrar cualquier cosa que le informase del paradero de la familia materna de Rachel, su prima.

Desde aquél fatídico día no habían vuelto a saber absolutamente nada de la abuela que con tanto ahínco había reclamado verla. Todos sabían de su obsesión por ese tema, pero no le comprendían. No les parecía tan sorprendente como a él que después de todo no hubiesen vuelto a recibir ninguna carta de esa señora. Era de esperar que se volviera a poner en contacto con ellos para volver a verla, pero en todo un año no había llegado ni una sola carta procedente de Carolina del Norte. Si aquélla mujer se había enterado del accidente, Jake quería incluso saber cómo lo había hecho, pues la trágica noticia apenas salió en uno de los periódicos locales de Utah.

– ¿Qué? ¿Has encontrado algo esta vez? –le preguntó Derek.

– Cierra el pico.

– Apuesto a que ni siquiera te has molestado en preparar la comida de hoy.

– ¿Tenía que haber preparado un banquete o algo por el estilo? –continuó Jake, en tono sarcástico.

– Bastaba con que te hubieses molestado en hacer algo.

– No sé a ti, pero a mí un día como hoy solo me recuerda las pocas ganas de comer que tenía hace un año, en lugar de ir por ahí conmemorándolo.

Zane se echó a llorar y subió corriendo por las escaleras. Arabia le dedicó una mirada de reproche extremo y corrió tras ella. Derek no dijo nada más. Cogió a Emily de la mano y la llevó con él hasta la cocina.

Jake sabía que era hora de salir de casa. Discutiendo no ganaba nada y después de haber pasado toda la mañana revisando cosas necesitaba despejarse, tomar el aire.

Fuera en la calle hacía calor, pero no era insoportable. Se dirigió a uno de los parques más cercanos a su casa pero en cuanto vio los columpios un montón de recuerdos pasaron por su cabeza en un abrir y cerrar de ojos. Era demasiado doloroso. Inspiró profundamente y expiró mirando al cielo para relajarse. Entonces cambió de planes y redirigió sus pasos hacia la parada de autobús. Sabía que siendo domingo encontraría en casa a las personas que buscaba.

Tardó más o menos treinta minutos en llegar a la lujosa y amplia avenida de Valley Street y luego caminó con las manos en los bolsillos hasta el número cincuenta y siete. Llevaba unas bermudas por las rodillas, unas viejas zapatillas adidas y una camiseta color gris oscuro descolorida. Su aspecto no era lo más idóneo para una calle como aquélla, él lo sabía. Ni siquiera se había duchado esa mañana así que podía decirse que estaba hecho un impresentable cuando se situó frente a la puerta y llamó al timbre.

Una señora entrada en años le abrió la puerta. Se trataba de la doncella, la que más tiempo llevaba trabajando para la familia Wathson.

– Buenas tardes, Margarett.

– Buenas tardes. Adelante –dijo ella, mientras se hacía a un lado para dejarle pasar–. No me habían dicho que le esperaban para comer.

– ¿Comer? –Jake miró el reloj de la entrada rápidamente. Era casi la una de la tarde–. Lo siento, no venía a comer. Ni siquiera sabía qué hora era.

– No te preocupes. Hay comida de sobra para uno más.

– Ya he comido –mintió–. Es solo que pasaba por aquí y…

Margarett lo miró con los brazos en jarras y una ceja arqueada. Era obvio que no pasaba por allí.

– ¿Margarett? –dijo una voz femenina desde la lejanía–. ¿Quién ha…?

Emma apareció en el umbral y él la saludó amigablemente con una mano.

– ¿Qué diantres haces ahí? –le preguntó, fingiendo enfado. Margarett hizo un gesto despreocupado para desentenderse de la situación–. Hace más de media hora que la comida está servida. Eres un invitado de lo más impuntual.

Jake insistió en que no quería molestar pero al final entre las dos mujeres consiguieron que entrara en casa.

– Ahora mismo estaba terminando de darle de comer a Jack. ¡Ven a verlo! –le dijo.

Emma estaba contenta, mucho más que otras veces, y muchísimo más que años anteriores.

Cuando entraron en el comedor, el señor Wathson estaba sentado presidiendo la mesa. Le miró y le saludó con un gesto de cabeza.

– Hacía tiempo que no venías por aquí, Becker.

– Lo sé, señor. Estos últimos meses han sido algo complicados. Mi hermana ha vuelto a caer enferma y…

– No des tantas explicaciones y disfruta del pollo antes de que se enfríe.

Frederic Wathson le invitó a sentarse señalando la silla contigua a la suya y así lo hizo. Enfrente de él estaba Emma a la izquierda y un chico al que no había visto nunca a la derecha. Entre ambos el pequeño Jack, terminando de tomar una cucharada del puré que su madre le daba. Dio unos golpecitos en el tablero de su silla de comer con sus diminutas manos.

– ¡Creo que se alegra de verte! –dijo Emma, dándole una nueva cucharada.

– Está mucho más grande que la última vez que le vi, y se parece mucho a ti.

– Y yo que me alegro –Emma no dejaba de sonreír–. Por cierto, te presento a Peter. Peter, este es Jake.

Los dos se estrecharon la mano por encima de la mesa.

Emily había comentado en casa que su hermana había empezado a salir con alguien tres meses atrás así que no le extrañó su presencia. Parecía un buen chico.

El bebé empezó a hacer ruiditos con la boca tirando toda la comida fuera. Jake lo observó mientras su madre lo limpiaba y le regañaba. Si su memoria no fallaba, al pequeño le faltaba poco más de un mes para cumplir un año de vida. Tenía el pelo cobrizo, sin llegar a ser pelirrojo del todo, y los ojos azul cielo.

Mientras comían, Jake y Frederic estuvieron hablando un poco sobre la empresa y comprobó que el tal Peter era, en efecto, el novio de Emma. Lo estuvo observando un buen rato de reojo, algo receloso, hasta que se dio cuenta de que el chico parecía desvivirse por ella con cada mirada. Y por supuesto, ella estaba feliz.

Tiempo atrás, cuando Jake se enteró de que Emma había tenido un bebé, fue para él como recibir un buen jarro de agua fría. Fue Emily la que se presentó en su casa para comunicárselo. Además, le había dicho que Emma tenía planeado decirle a todo el mundo que era suyo y, aunque finalmente no lo hizo, a él le saltaron millones de dudas. Hacía entonces solo un mes que había perdido a gran parte de su familia y no deseaba más malas noticias.

No era, en absoluto, que el pequeño Jack fuese una mala noticia, pero se trataba de una responsabilidad adicional a la que ya tenía en su propia casa. Sin embargo, y dado que Emma no fue nunca a presentarle al bebé, tuvo que ser Jake el que, tres meses después, se presentase en su casa para pedirle explicaciones. Si era realmente suyo, tenía derecho a saberlo.

Emma le recibió sin ningún tipo de rencor, y lo que es más, se sinceró con él y le contó todo su descabellado plan desde el principio. Luego, por supuesto, le pidió disculpas por haber pensado en hacer una cosa así. Había tratado por todos los medios ocultar el embarazo, pero al final su padre se enteró cuando estaba embarazada de cinco meses gracias al chivatazo de su hermana Emily. Ella pretendía dar a luz y luego encasquetarle el bebé a Jake, y tenía pensado presentarse un día en la puerta de su casa con él en brazos, entregárselo y decirle que no quería volver a saber nada de ninguno de los dos. Ni de él ni del bebé. Supuso que eso sería un duro golpe para él, y si realmente hubiese llevado a cabo su plan, lo habría sido. Pero por lo visto, a medida que los últimos meses fueron llegando, empezó a imaginarse siendo madre de verdad, y todas sus ideas empezaron a desmoronarse. También el hecho de enterarse de lo del accidente hizo que su corazón se ablandase, o bueno, que volviera a la normalidad. Después de tener a Jack todo lo que había planeado le producía náuseas solo de pensarlo. Emma le explicó también que, cuando Jack nació, sintió una emoción tan grande que supo enseguida que nunca se separaría de él. Lo había llevado casi nueve meses dentro de su vientre, y era suyo, solamente suyo.

Por otro lado, para Jake, solo el hecho de que se hubiese dado a entender que el hijo podría haber sido suyo, trajeron consigo tres meses de recriminaciones por parte de Arabia. Ella era la que tanto le había insistido para que fuese a hablar con Emma y solucionase el asunto una vez por todas. Cuando Jake, después de todas las explicaciones que Emma le dio, preguntó acerca de la verdadera identidad del padre, le costó mucho confesárselo. Lloró largo y tendido y finalmente le dijo la verdad, pero le hizo prometer que nunca se lo diría a nadie, y sobretodo, que nunca se lo diría al susodicho.

Jake le dio su palabra y luego tomó a la criatura en brazos.

– ¿Y por qué estás tan segura de que es suyo, y no mío? –le preguntó en aquél entonces.

– Porque estoy completamente segura de que usamos protección –contestó ella–. Dos, si quieres que sea más exacta.

Se ruborizó, y también se sintió aliviado de no ser el padre. No porque no lo hubiese querido como hijo, sino porque Emma y él no estaban hechos el uno para el otro y habría sido un verdadero problema para el bebé. Le prometió a Emma que se haría cargo de todo lo que pudiera necesitar el pequeño y ésta lo proclamó a todos los efectos como el tío Jake.

Era un final feliz después de todo lo que habían pasado en la universidad.

– Oye Emma –dijo Jake, volviendo a la realidad–. ¿Retomarás la universidad al año que viene?

– Lo he estado pensando, pero no sé lo que haré todavía. Si te soy sincera, me gustaría mucho poderme dedicar cien por cien a mi hijo.

– Nosotros ya le hemos dicho que puede hacer ambas cosas –intervino Peter, el chico nuevo–. Le queda solo recuperar las del curso pasado y el nuevo que entre.

– Podrías matricularte de unas pocas asignaturas cada curso, como hacía yo, aunque sin ser una pringada.

– Jake, que no pudieses permitírtelo no te convertía en un pringado, a pesar de que yo me empeñase en que lo parecieses –rio–. Tú sí que deberías volver. Eres un genio.

Emma y él estuvieron discutiendo amigablemente y debatiendo sobre cosas de la universidad. Si hace un año les hubiesen dicho que en el futuro estarían sentados comiendo en la misma mesa y manteniendo una conversación como aquélla, ninguno de los dos lo habría creído.

Jake tenía muy claro que ya no volvería a la universidad. Había intentado estudiar algunas materias en casa para presentarse a los exámenes, pero a las pocas semanas desistía del intento. Llegaba siempre demasiado cansado como para ponerse delante de un libro.

– Bueno –les interrumpió Frederic–. ¿Y qué tal están Emily y tu hermano? Hace semanas que mi hija no viene por aquí. ¿Por qué no se han venido contigo?

– Verá, he salido de casa esta mañana sin rumbo fijo y la verdad es que no saben que estoy aquí, de lo contrario, me habrían acompañado, estoy seguro.

En realidad, no estaba en absoluto seguro de esa afirmación, pero lo dijo igualmente.

– Y dime, ¿ha conseguido Derek ya un trabajo estable?

– No del todo. Ha entrado en el colegio de abogados de la ciudad, pero lo consideran un novato así que se puede decir que todavía no tiene un trabajo en condiciones.

– Yo había pensado en preguntarle si quería llevar los asuntos legales de la empresa Wathson, ¿qué te parece?

Jake se quedó callado, misteriosamente para el resto de comensales. Lo que Frederic acababa de proponer era, sin duda, una oportunidad fantástica para Derek, pero a él le había molestado. Llevaba año y medio trabajando para el padre de Emma y no era más que un empleado cualquiera. A su hermano, por el hecho de haber conseguido acabar su carrera, le estaban ofreciendo un puesto mucho mejor que el suyo. La rabia se apoderó de él, sin poder evitarlo. Derek siempre conseguía lo mejor.

Se acordó de Emily, de todo lo que había sentido por ella y que al final había sido un fracaso porque hasta a ella se la había arrebatado el galán de su hermano. Llevaba medio año viéndolos casi todos los días juntos en casa porque Emily se solía quedar a dormir allí. Lo peor de todo es que habían usurpado la habitación de sus padres para instalarse allí con la cuna de Danielle. Anteriormente había tenido que aguantar a Ashley, la fugaz ex mujer de su hermano, y ahora le tocaba pasar las pocas horas de descanso que tenía viendo como él y Emily flirteaban y demostraban su amor desmesurado, como el del comienzo de toda relación. No cabía duda de que los dos se querían, pero a él le parecía repugnante.

– ¿Qué te parece? –repitió Frederic.

– Disculpe, señor Wathson –respondió Jake, al fin–. Es una idea estupenda, claro.

– Bien, en ese caso, me gustaría que tú mismo le comunicases la noticia, y que se presente mañana en la fábrica. Si acepta tengo que hablar con él.

– Creo que sería mejor si usted le pidiese a Emily ese favor, o si se lo dijese usted mismo.

– ¿Por qué?

– Supongo que porque también me haría un favor a mí mismo. Últimamente mi hermano y yo no hablamos demasiado.

– ¿Qué quieres decir con eso?

– No sabría muy bien cómo explicárselo.

– Jake –continuó el señor Wathson–. Me gusta que mis empleados siempre estén a gusto en la empresa, y eso empieza por la relación entre los propios trabajadores. Tú has demostrado ser un buen chico y no me gustaría perderte. Pero si crees que no puedes trabajar junto a tu hermano…

– Es una gran oportunidad para él, señor Wathson. Entrevístele y si cree que vale para el puesto, cójalo. Mi relación con él no debe influir en su decisión.

– ¿Crees tú que vale para el puesto?

– No lo sé, hace poco que se ha graduado…

– ¿Entonces?

– No me ponga a mí en ese compromiso, por favor.

– Lo dejo en tus manos, Jake. Si mañana tu hermano se presenta a primera hora en mi despacho, sabré que le has comunicado mi petición. Si no, entenderé que prefieras que no trabaje con nosotros.

Jake se marchó de casa de los Wathson sobre las tres y media. Emma lo acompañaba ahora de camino a la parada de autobús.

– ¿Por qué no te compras un coche de segunda mano? –le preguntó.

– Todavía no tengo el dinero suficiente para algo de segunda mano en condiciones –respondió él–. La escuela de teatro de mi hermano pequeño es más cara de lo que imaginábamos…

– Olvidaba que hacía teatro, ¿qué tal le va? ¿Es bueno?

– Parece que sí, aunque él no habla mucho sobre ello.

– Debe ser genial eso del teatro. ¡Yo de pequeña soñaba con ser actriz!

– Genial, sí, pero muy caro para una familia como la nuestra.

– No seas negativo –Emma le dio un pequeño golpe en el brazo–. Además, cuando Derek trabaje en la empresa de mi padre, podréis acarrear con los gastos juntos, ¿no? Entonces sí tendrás dinero para un coche. Estoy segura.

Jake no hizo ningún comentario sobre esa última afirmación. Emma estaba dando por hecho que Derek iba a trabajar en la fábrica Wathson.

– Por si no te has dado cuenta, frunces el ceño –continuó Emma, tras una breve pausa–. Y lo haces de la misma forma que durante la comida, cuando mi padre comentó lo de tu hermano. ¿Qué sucede con él?

– Nada –prosiguió Jake, quitándole importancia–. Pero estoy seguro de que cuando tenga por fin independencia económica se irá con su hija y con tu hermana a cualquier otra parte, y se gastará el dinero en ellos. Por no hablar de que, en el supuesto caso de que yo decida que quiero trabajar cerca de él, tendrá un salario mucho mejor que el mío, esforzándose la mitad que yo y que el resto de trabajadores mediocres que estamos allí.

– Osea, que se sólo se trata de envidia.

– ¡No es envidia!

– Sí que lo es, Jake, y no es malo que la tengas. Durante mucho tiempo yo he tenido envidia de mi hermana. Esas cosas se superan con el tiempo.

– Pues añádele rabia a esa envidia. Desde que murieron mis padres me he hecho cargo de todo yo solo mientras él seguía en Florida. Cuando volvió a casa recién separado de la loca de Ashley, lo hizo con total naturalidad, sin pedirme permiso, porque claro, también es su casa. Estuve cinco meses aguantando las depresiones de mi hermana Zane, escuchándola todas las noches lloriquear y recordando el porqué de su sufrimiento. Entonces vino Derek, y eso la consoló casi por completo. Me he tirado medio año pagando a un montón de sicólogos y ella ahora es feliz solo porque él está en casa. El último sicólogo dijo que lo único que necesitaba Zane era el apoyo constante de su familia. Pero yo tenía y tengo un trabajo, Emma. Si lo hubiese dejado para estar con ella cada día nos habríamos muerto de hambre…

– Para, Jake…

– No, ahora no voy a parar. ¿Sabes lo que significa que Derek tenga un trabajo estable? Pues lo que ya te he dicho, que se vaya con Danielle y con Emily y vuelva a independizarse. Entonces yo volveré a quedarme solo con mi hermana y con Louis, y todo volverá a ser como al principio. Y yo no quiero pasar por eso nunca más. ¿Entiendes?

– Te entiendo, Jake. Y ahora relájate.

Jake y Emma dejaron pasar de largo el autobús que le llevaría de vuelta a casa y luego fueron juntos a sentarse en uno de los bancos de madera de la avenida. Ella le obligó a hacerlo.

– Creo que deberías sentarte a solas con tu hermano y contarle todo eso que me has contado a mí. Si tienes miedo de que desaparezca de nuevo, díselo. Estoy segura de que le alegrará saber que en el fondo prefieres que esté en casa.

– No se trata de eso. Me da igual dónde esté. Solo quiero que Zane esté bien, ella es la que más me importa.

– Pues si tienes que decírselo así, hazlo. Seguro que los dos queréis lo mejor para ella.

– ¿Sabes cuál es mi mayor miedo, Emma?

– ¿Cuál?

– Que todos acaben dejándome de lado ahora que Derek está aquí. Para mis hermanos simplemente soy el que trae el dinero a casa. No mantengo ya casi ninguna relación con ellos. Me atrevería a decir incluso que me odian, y no se lo reprocho. Dicen que siempre estoy cabreado… y tienen razón.

– Hace un par de horas, cuando llegaste a mi casa, no me pareció que estuvieses cabreado.

– Lo había estado, antes. Por eso salí a dar una vuelta y se me ocurrió pasar a visitaros. Hacía tiempo que no veía a Jack.

– ¡Caray! Pues podrías salir a dar una vuelta y visitarnos cada vez que te cabreas. Si dices que lo haces tan a menudo, seguro que pasarías por aquí muchas veces a la semana.

Emma consiguió que sonriera. Había sido un comentario gracioso, idóneo para que él se sacase por fin la tensión del cuerpo.

– Creo que sé lo que necesitas.

– ¿El qué?

– No pienso decírtelo, por ahora. Lo descubrirás cuando encuentre lo óptimo para casos crónicos como el tuyo.

– ¿Soy un caso crónico? ¿Quieres que vaya a un sicólogo yo también?

– ¡Por supuesto que no! Odio esas consultas. Pero te repito que no voy a revelarte la sorpresa. Solo confía en mí.

Otro autobús apareció a lo lejos de la calzada, aproximándose.

– Anda, ve. Yo tengo que volver a casa por si Jack se despierta.

– Dale un beso de mi parte cuando lo haga, ¿quieres?

– ¡Hecho! Y tú dale recuerdos a mi hermana si la ves. Dile que mi padre la echa de menos.

– ¡Hecho!

Jake subió al vehículo semivacío y se despidió de Emma con la mano. Ella le devolvió la despedida sonriendo radiantemente. Ahora sí que era casi imposible diferenciarla de su hermana. Ya no quedaba nada de la arrogancia y la superioridad de años anteriores.

Y además, se había convertido en una buena amiga de Jake.

El capítulo continúa unas cuantas páginas más. Pero hasta aquí queda publicado.

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