Capítulo #1 Amor y Virtud

CAPITULO1

10 OCTUBRE 1986

Su nombre completo era Arabia Kurbagh Arab, tenía diecinueve años y estaba pensativa y confusa apoyada en el alféizar, observando el exterior desde la cocina. Había cogido uno de los dos taburetes que tenía en la barra americana y lo había colocado lo más próximo a la ventana.

Vivía en un barrio humilde de una también humilde ciudad de Utah, repleta de gente trabajadora. El bullicio de gente que salía de los apartamentos colindantes para empezar la jornada, la mantenía entretenida. La noche anterior había sido de lo más extraña para ella.

Al recordarlo, se apartó de la ventana y echó un vistazo al sofá que quedaba justo después de la barra. No alcanzaba a ver nada desde allí así que se levantó y se asomó para mirar al chico que reposaba tendido sobre él. A pesar de estar un poco encogido, lo abarcaba entero. Seguía tapado de los pies a la cabeza, pero al menos, hacía ya bastante rato que había dejado de temblar a causa de la fiebre. Se llamaba Jake, y era uno de los hermanos de su mejor amiga, Zane Becker.

En un intento de aclarar sus ideas, volvió a repasar lo sucedido a partir de la tarde del día anterior.

Había quedado con Zane en la biblioteca después de comer, pero ella no apareció hasta pasadas las cuatro. Y cuando lo hizo, estaba muy alterada. Nada más llegar empezó a hacer aspavientos con los brazos indicando que tenía algo importante que decirle y le contó por lo bajo que se había vuelto a liar una buena en su casa, con sus hermanos y con su padre. Ella siempre se lo contaba todo.

Salieron de la sala de estudio cuando la responsable de la biblioteca pidió silencio y entonces le explicó lo que había sucedido. Por lo visto, Jake y su hermano pequeño, Louis, habían empezado a discutir por algo que ella todavía desconocía. Ellos dos solían discutir bastante a menudo, pero en fin, todo el mundo discutía con Jake bastante a menudo.

– Entonces mi padre se metió de por medio cuando sujetó a Louis por la pechera y empezó a zarandearle –le había explicado Zane–. Y en cuanto tiró de Jake para que le soltara, él se dio la vuelta y le empujó.

– ¿Jake empujó a tu padre?

– Sí, con todas sus ganas, y mi padre se ha dado un fuerte golpe en la cadera.

Lo último que Zane le dijo fue que Jake se había vuelto a marchar de casa y que su padre estaba furioso, muy furioso. Arabia tranquilizó a su amiga lo mejor que pudo y estuvo con ella hasta que ésta decidió volver a casa. Por supuesto, no estudiaron absolutamente nada en todo ese tiempo.

Y cuando Zane se fue, ella siguió analizando y pensando en lo que le había dicho, sin poder concentrarse nuevamente en sus estudios.

Para empezar, ella conocía bastante bien el rudo carácter de Jake, pues ambos habían vivido bajo el mismo techo durante todo el año anterior.

Los Becker eran una familia muy numerosa. Paul y Sara, los padres de su amiga, tenían cuatro hijos y una sobrinita a la que habían adoptado cuando quedó huérfana con apenas unos días de vida. Así pues, eran siete en total, y Arabia los había conocido a todos y a cada uno de ellos. Adoraba aquélla familia. El único con el que nunca se había llevado bien, era Jake. Los dos tenían un carácter muy peculiar. Él era malhumorado, testarudo e imprudente. Ella era lo que se decía una chica sin pelos en la lengua, con las ideas muy claras y con una seguridad en sí misma que muchos desearían.

Puesto que muchos pensamientos nublaban su mente y fue imposible volverse a concentrar, Arabia salió de la biblioteca dispuesta a volver a casa. Se le había hecho tarde y, de camino a su apartamento, lo único que encontró abierto fue una pequeña frutería donde compró algunas manzanas. El tiempo no era demasiado bueno a principios de octubre así que al salir del establecimiento comenzó a llover. Abrió el paraguas que siempre llevaba en la mochila y caminó sola, como de costumbre, por las ya oscurecidas calles de la ciudad.

Al girar la esquina del edificio al que se dirigía se llevó un susto de muerte. Pasó muy cerca de la pared y chocó con las piernas de alguien que estaba acurrucado allí, con los brazos cruzados apoyados en las rodillas y la cabeza apoyada sobre ellos. La capucha de su sudadera le cubría el rostro.

Lo primero que pensó fue que se había topado con uno de los mendigos que muchas veces se quedaban durmiendo por las calles del barrio. Se disculpó y se apartó rápidamente de su lado. Cuando iba a reanudar la marcha se dio cuenta de que la persona con la que había tropezado estaba tiritando. Le pareció extraño pues, aunque había empezado a llover hacía unos minutos, ella ni siquiera se había puesto la chaqueta. El tiempo todavía seguía siendo cálido en esa época de año.

Pensando en que posiblemente nadie se acercaría a aquél moribundo en toda la noche, se armó de valor y se dirigió a él.

– Disculpe, ¿se encuentra bien?

Se le acercó y le apoyó la mano sobre su brazo izquierdo. Él levantó la cabeza, tal vez reconociendo su voz acentuada con connotaciones turcas, o tal vez sólo porque realmente necesitaba que alguien le ayudase. Y entonces ella reconoció sus grandes e inexpresivos ojos azul oscuro. A pesar de no distinguir bien el resto de sus facciones por la oscuridad, el color de sus ojos bastó para reconocerle de inmediato. Se trataba de Jake, por supuesto.

Arabia exclamó su nombre en voz alta por la sorpresa y luego le preguntó que qué demonios estaba haciendo allí tirado. Sin embargo, él sólo temblaba por el aparente frío que le recorría de arriba abajo. Le tiró del brazo para que se incorporara y le ordenó que la acompañase a casa. Para su sorpresa él obedeció, sin más, caminando tras ella con las manos en los bolsillos de la sudadera y la capucha sobre la cabeza, cubriéndose de la lluvia.

Llegaron al portal y Arabia abrió la puerta de la entrada. Jake seguía temblando. Se quedó apoyado en uno de los cuatro lados del ascensor sin levantar la cabeza. A Arabia le pareció muy fatigado y, por la forma continua que tenía de temblar, todo apuntaba a que tenía la fiebre muy alta.

Cuando entraron en su estudio, lo empujó por detrás para que entrara y luego lo adelantó para poder indicarle que se tumbara en el sofá. Pero no hubo tiempo para eso. Antes siquiera de llegar a darse la vuelta se escuchó un golpe seco. Jake estaba en el suelo. Gritó asustada y al acercarse a él comprobó que se había desmayado. Desesperada, intentó por todo los medios reanimarle dándole golpecitos en la cara. Sin éxito, intentó levantarlo para llevarle al sofá, pero era demasiado corpulento para ella. Sin más ideas salió a toda prisa al rellano y llamó a una de las puertas vecinas, y luego a otra. Al cabo de un par de minutos consiguió que el cascarrabias que vivía en la puerta de enfrente saliese en pijama para preguntarle por qué llamaba a su puerta, molesto. Arabia le explicó lo sucedido tan aturulladamente que el hombre no entendió nada, y finalmente, cuando señaló hacia el rellano de su estudio, vio a Jake incorporándose lentamente ayudándose con el respaldo del sofá. Resopló aliviada, se disculpó con su vecino y volvió corriendo a casa sin escuchar las recriminaciones que le gritaban por detrás, cerrando la puerta tras de sí. Ayudó a Jake a seguir avanzando y luego él se tumbó y cerró los ojos.

Pensó en llamar a casa de los Becker pero antes de coger el teléfono se dio cuenta de que no era una buena idea. De no ser porque sabía que no era la primera vez que Jake se peleaba con su padre y no regresaba a casa hasta el día siguiente, habría realizado la llamada. Pero sabiendo eso, sabiendo además que debían estar todos muy enfadados con él y que, conociéndole, se enfadaría muchísimo si supiesen de él aquélla noche, descartó la idea. Resopló frustrada por la situación en la que se encontraba y procedió a hacer lo que debía. De hecho, se sintió muy estúpida cuando se dio cuenta de que cursando ya su segundo año en la facultad de enfermería, era increíble que minutos antes no hubiese sabido qué hacer.

Levantó a Jake lo mejor que pudo para quitarle la sudadera. Debajo llevaba una camiseta interior de color blanco, de manga corta. Jake se quejó inconscientemente debido a los escalofríos que sufría así que no le quitó nada más. Luego fue hasta su habitación en busca de algo que le pudiese servir a modo de trapo y cuando encontró una vieja camiseta de manga larga le arrancó las mangas y se dirigió a la cocina. Allí las puso bajo el grifo y consiguió hacerse con un par de trapos húmedos. Volvió al sofá y comprobó que Jake estaba cada vez peor. Se había encogido colocando las manos por debajo de su cuerpo para tratar de calentarse. Seguía con los ojos cerrados. Cuando Arabia le colocó el primer paño frío sobre la frente, se estremeció. Ella le mantuvo firmemente el paño y así continuó durante al menos una hora. Iba y venía mojando los trozos de manga que había conseguido, pero Jake no parecía mejorar. Al cabo de un rato más, empezó a notar que dejaba de temblar y que su rostro parecía más tranquilo.

Continuó con el procedimiento un poco más hasta que, exhausta, se quedó dormida sentada en el suelo y con la cabeza apoyada en el reposabrazos del sofá. Cuando se despertó sólo habían pasado dos horas. Sacó una sábana muy fina para colocársela a Jake por encima, y también preparó una botella grande de agua para que la empezara a tomar. Fue complicado al principio, pues era difícil incorporarle y que bebiera por sí sólo, pero a la tercera vez se acostumbró al procedimiento y todo resultó mucho más fácil.

Ahora que ya había amanecido y tras haber repasado los hechos, Arabia lo seguía observando. Se preguntó si Jake sabría dónde vivía y por eso había acudido allí, ya que no recordaba habérselo mencionado nunca, o si por el contrario habría sido mera casualidad.

Desde donde estaba, alcanzó a ver sobre la barra la bolsa con manzanas y comprobó que las tripas se quejaban en su estómago. Sin dudarlo cogió una y empezó a comérsela a bocados.

Minutos después Jake se incorporó, casi de un salto. Miró desconcertado a su alrededor y se topó con la mirada de Arabia. Tenía la mano sujeta a la bragueta de los pantalones y la joven, muy divertida aunque sin demostrarlo, intuyó qué era lo que le pasaba. El agua que le había estado suministrando durante toda la noche se le debía de haber acumulado en la vejiga.

– Si buscas el baño, lo tienes ahí –le dijo, señalando a la única puerta que había en su pequeño hogar.

Jake se dirigió hacia allí rápidamente, aunque tuvo que apoyarse en la pared antes de entrar, pues todavía no estaba del todo recuperado. Tardó bastante rato en salir y cuando por fin lo hizo, se quedó parado a unos metros de distancia de Arabia, dirigiéndole una penetrante mirada. Ella comprobó que se había lavado la cara y que ya no aparentaba tan pálido como hacía unas horas. Se percató también de que el color blanco de su camiseta interior resaltaba mucho su tono de piel. Era el más moreno de toda su familia.

– ¿Qué? –preguntó Arabia, cuando la constante mirada que le estaba dedicando empezó a impacientarla.

– ¿Dónde estamos y qué hago aquí?

Las preguntas fueron muy explícitas, y el tono de voz que había empleado para decirlas, no del todo amigable. Arabia llegó a la conclusión de que, finalmente, Jake sólo había llegado hasta la manzana en la que ella vivía por casualidad, y que no se acordaba absolutamente de nada.

– Estamos en mi apartamento, ya que no lo has deducido –comenzó a decir, contraatacando con la misma templanza en su tono de voz–, y estás aquí porque anoche te encontré medio tirado en la esquina de esta misma calle, con mucha fiebre.

Jake se quedó pensativo unos segundos al mismo tiempo que observaba la estancia en la que se encontraba. Lo que más pareció llamarle la atención fue la cortina que Arabia había colocado manualmente para separar la zona del pequeño estudio dedicada a su habitación. Ahora estaba corrida así que no se veía nada más que la tela de raso morada. A pesar de vivir sola, le gustaba tener una zona privada sólo para ella.

– ¿Dónde está mi sudadera? –preguntó Jake, después del incómodo silencio.

– Encima del radiador –contestó Arabia, indicándole con un ligero movimiento de la cabeza la situación del mismo.

La había dejado allí durante la noche para que se secara. Él se dirigió hacia allí y se la colocó rápidamente. Luego fue hacia la puerta de salida.

– Creo que será mejor que me vaya.

Apunto estaba de abrir la puerta cuando Arabia, muy sorprendida por aquéllas palabras, fue tras él e hizo que se parara en seco.

– ¿Perdón? –le espetó, furiosa. Él se quedó mirándola sin inmutarse demasiado–. No me lo pudo creer.

– ¿El qué no te puedes creer?

Arabia no daba crédito.

– Me he pasado la noche cuidando de ti, ¿sabes? Pero apuesto a que no tienes ni idea de en qué estado te encontré.

– Pues no, no lo sé, pero me puedo hacer una idea.

Él seguía tan tranquilo, como si nada. Como si nada de lo que hubiese pasado la noche anterior le importase lo más mínimo. Hizo el amago de dar un paso más hacia la puerta, pero Arabia le volvió a interrumpir.

– Te encontré sentado en una pared, tiritando de frío. Decidí cobijarte en mi casa e intentar que volvieras en sí y para conseguirlo me he pasado la noche bajándote la fiebre con trapos y dándote sorbos de agua para que no te deshidrataras, en vela, cuidando de ti. ¡Hasta te desmayaste!

– ¿Y qué esperas que te diga?

No estaría nada mal un “gracias, Ari”, pensó ella.

– ¿Sabes? Eres un auténtico desagradecido –le dijo, sin embargo.

Estaba tan serio que parecía enfadado, aunque tal vez lo estuviera.

– Si quieres te cuento cómo casi le disloco la cadera a mi padre sin pretenderlo, cómo me voy de casa con lo puesto y sin saber ni siquiera si estarán dispuestos a volverme a recibir, cómo me paso toda la tarde deambulando por cualquier calle para evadirme de los remordimientos, o cómo el perrito caliente que me compré en un puesto de mala muerte me hace desfallecer hasta el punto de no poder casi ni moverme –El tono que Jake estaba empleando iba aumentando a medida que pronunciaba cada nueva frase– Así que, sí, gracias por haberme salvado prácticamente la vida, ¡pero no sabes la de problemas que se me vienen encima!

– No vuelvas a gritarme de ese modo –repuso Arabia, aparentando serenidad a pesar de que Jake había conseguido que le hirviese la sangre–. Estoy segura de que yo, precisamente, no tengo la culpa de ninguno de tus futuros problemas. Te he ofrecido mi ayuda, y te la seguiré ofreciendo si la necesitas. Si no la quieres, desde luego, ya sabes dónde está la puerta.

Dejó a Jake allí plantado delante de la puerta y se fue a su habitación. Hizo a un lado la cortina y desapareció tras ella. Ya no le importaba nada lo que él hiciese. Seguía muy dolida por el hecho de que le hubiese hablado de aquél modo. La mayoría de las veces Jake no sabía controlar sus palabras, ni sus impulsos. Se comportaba incluso como un niño a pesar de ser mayor que ella. Esos eran algunos de sus defectos y de ahí que siempre hubiesen tenido tantos enfrentamientos. De no ser porque habían convivido bajo el mismo techo durante un año, lo habría echado a patadas de su apartamento. Sin duda, se lo merecía.

Estaba tan cansada que a pesar del enfado se quedó dormida en muy poco tiempo y cuando se despertó era incapaz de predecir cuánto tiempo había estado tirada en la cama. Sus tripas se volvieron a quejar y entonces se acordó de que no había tomado más que una manzana desde la noche anterior, y ni siquiera la había terminado. Miró el reloj despertador que tenía en la mesita de noche y observó que eran las 15.44 del sábado. Tenía mucho que estudiar y poco tiempo que perder así que salió a lavarse la cara para despejarse.

Jake estaba sentado en el sofá, pero no le sorprendió que se hubiese quedado. Después de todo, tampoco tenía a dónde ir.

Tras echarse un poco de agua sobre la cara, Arabia se quedó un buen rato observándose en el espejo. Pensó que estaba horrorosa. Más despeinada que nunca y con unas ojeras increíbles. Se recogió toda la maraña de pelo castaño oscuro en un moño, dejando el flequillo despuntado cayéndole sobre la frente. Luego eliminó los restos de pintura de ojos que se le había esparcido alrededor de ellos y volvió a perfilárselos. Ese toque le hacía parecer que tenía los ojos todavía más grandes de lo que ya eran y precisamente los ojos eran casi lo único que le gustaba de sus extraños rasgos. El color de los mismos eran de un tono gris oscuro, que no llegaba a negro. Los había heredado de su madre, al igual que la nariz, perfectamente recta y con la punta redondeada. Eran, por así decirlo, sus únicas facciones turcas. El resto de sus rasgos eran de procedencia musulmana, por parte de padre, y ya estaba acostumbrada a llamar la atención debido a su mestizaje, pues hacía cuatro años que residía en el condado de Utah.

Salió por fin del baño y se obligó a comer algo. Lo único decente que le quedaba en la nevera era un paquete de lasaña congelada así que prendió el horno para que empezara a calentarse.

Jake se acercó hasta la barra americana y apoyó los codos.

– Lo siento.

Arabia se volvió para mirarle. Que Jake se disculpase por algo era algo extraordinario, tanto, que no supo muy bien cómo reaccionar así que se limitó a asentir con la cabeza en señal de que aceptaba sus disculpas. Podía pecar de muchas cosas, pero no de rencorosa.

Metió la lasaña al horno y habló en tono amistoso.

– Espero que te guste la lasaña precocinada, porque es lo único que tengo.

– No necesito tanta hospitalidad. Además, no tengo hambre.

Los dos se miraron unos instantes, pero Jake volvió a agachar la cabeza. Ella pensó que debía estar realmente preocupado por la corta conversación que habían tenido tras despertarse. Buscó las palabras adecuadas para intentar animarle.

– No te preocupes. No van a cerrarte las puertas de tu propia casa.

– Yo no estaría tan seguro de eso… –La miró para hacer una pausa y luego continuó–. No soy estúpido. Sé que esta vez he llegado demasiado lejos.

Arabia se mordió el labio sin saber qué decir.

– Te lo ha contado todo Zane, ¿verdad? –le preguntó. Ella asintió con la cabeza–. Me lo imaginaba.

– Pero no sé qué fue lo que pasó con tu hermano Louis –admitió, esperando a que Jake le contara su versión de la historia.

Entonces Jake le relató los hechos del día anterior.

Volvió a casa un poco antes de lo habitual porque habían cancelado una clase de la universidad y cuando subió a su cuarto, Louis salía del mismo apresuradamente. Lo paró para preguntarle por qué estaba en su habitación a pesar de haberle dicho mil veces que no tenía por qué entrar allí, pero sin contestarle siquiera se bajó hacia la cocina. Entonces Jake entró a donde se dirigía y fue directamente hasta el lugar donde guardaba los pocos ahorros que tenía, y que con tanto esfuerzo le había costado conseguir. Le tenía prohibido a todos que merodeasen por su cuarto, pero especialmente a su hermano. Ya le había desaparecido dinero en dos ocasiones, y tenía la sensación de que él tenía algo que ver con ello. Lo que más rabia le daba era no entender para qué narices necesitaba dinero un crío de quince años. Comprobó que tenía todo su dinero pero se notaba que alguien había estado hurgando en él, porque estaba desordenado.

Bajó hecho una furia a la cocina y se encaró con él. Lo cogió por la pechera y lo zarandeó varias veces gritándole tanto que no dejó que Louis pudiese darle explicaciones. Su padre le escuchó y fue enseguida a controlar la situación. Cuando sujetó a Jake por el brazo y le ordenó que soltase a su hermano, su rabia se incrementó. Y esa rabia se debía precisamente a que sabía muy bien que su padre nunca se pondría de su parte. Entonces, inconscientemente, se giró y lo empujó tan fuerte que le hizo caer.

Arabia sabía que eso de que había llegado demasiado lejos, era cierto. Durante el tiempo que había vivido con los Becker había presenciado muchos enfrentamientos padre e hijo, y en todos había salido perdiendo Jake. Nunca le había levantado de vuelta la mano a su padre, y eso a pesar de que algunas veces, sin razón, se acababa tragando todo lo que le decía y ordenaba.

Se dio cuenta de que tal vez, aquélla era la primera conversación decente que tenía con Jake. Ella tampoco se había llevado nunca demasiado bien con él, pues no le parecía adecuada la forma que tenía de dirigirse a sus hermanos. Además, solía recriminárselo. Recordó una vez que, antes siquiera de estar viviendo allí y estando con Zane en el salón realizando un ejercicio de física para el instituto, Jake llegó a casa, con su prima en brazos y calado hasta los huesos por la incesante lluvia que caía afuera. Se quejó de haber tenido que ir a recoger a la pequeña saltándose el entrenamiento porque por lo visto todos los demás estaban muy ocupados, y por eso se enfureció al verlas a ellas allí sentadas. Se enfadó tanto que vio como a Zane se le empezaron a poner los ojos vidriosos. Entonces ella le dijo que era un auténtico imbécil.

Al día siguiente Zane no pudo asistir a clase porque estaba enferma, pero Jake apareció en la puerta del instituto y le entregó unos folios de parte de su hermana. Era el ejercicio resuelto que ambas habían estado intentando resolver sin éxito. Zane le contó más tarde que había sido Jake el que lo había hecho porque su padre le ordenó que las ayudara. Era realmente bueno en física.

– Si crees que todavía no estás preparado para enfrentarte de nuevo a tu padre, puedes quedarte aquí el tiempo que necesites –le dijo Arabia, volviendo a la realidad–, pero al menos, llama a casa y diles que estás bien. Estoy segura de que a pesar de todo estarán preocupados por ti.

– No creo. Lo único que tal vez les preocupe es saber dónde habré pasado la noche, pero no creo que les importe demasiado. Saben que sé cuidar de mí mismo.

Arabia arqueó una ceja poniendo en duda sus palabras después de lo ocurrido.

– ¿Prefieres que llame yo? Puedo hablar con tu hermana y decirle que estarás aquí hasta que decidas volver.

El chico la miró profundamente, pero ella no pudo descifrar la sensación que trataba de transmitirle. Era de nuevo esa mirada fría y seria con la que tantas veces se había cruzado.

– Si realmente crees que es necesario…

Definitivamente, a veces tenía ganas de pegarle una bofetada. No una bofetada de esas histéricas que dan las chicas en las películas a sus pretendientes, sino una que le hiciese reaccionar. Esa respuesta le había hecho ver que Jake ya había vuelto completamente a la normalidad. O a la subnormalidad, como ella lo llamaba cuando la sacaba de sus casillas.

Podría haberle dado una respuesta sincera, o agradecida en el sentido de que alguien le ahorrase el mal trago de llamar a casa, pero no. “Si realmente crees que es necesario…” Era demasiado prepotente. Por suerte para él, no se percató de la mirada sombría que Arabia le dedicó.

A pesar de todo, media hora más tarde, Arabia aprovechó que Jake había salido a dar una vuelta y llamó a su mejor amiga para ponerla al día. Así se enteraría también de cómo estaban las cosas en su casa un día después de lo sucedido.

– ¿Sí?

– Hola Zane.

– Ah, hola Ari. Precisamente iba a llamarte ahora. ¿Cómo llevas el examen del lunes?

– Si te digo la verdad, no he tenido tiempo de nada. Voy a tener que pasarme toda la noche estudiando.

– ¡Caray! ¿Y qué has estado haciendo? ¿No se supone que ayer te quedaste estudiando en la biblioteca?

– Sin ir más lejos, he estado cuidando de tu hermano Jake.

Dicho esto, Arabia empezó a relatar uno a uno todos los acontecimientos. Mientras tanto, Zane se mantenía expectante al otro lado del auricular, escuchando con detenimiento y lanzando exclamaciones cuando Arabia llegaba a los puntos más interesantes.

– He estado hablando con él de lo sucedido y creo que está muy arrepentido. Y aunque no lo confiese, sé que tiene miedo de volver a casa.

– Si te soy sincera, Ari, lo que ha pasado ha sido la gota que colma el vaso. Yo en su lugar también tendría miedo. Mi padre lleva todo el día sin hablar con nadie. Cuando le vuelva a ver no sé cómo va a reaccionar. No sé ni siquiera si yo misma quiero estar en casa cuando lo haga. Además, esta vez, mi madre también está muy enfadada.

– Al menos dile a tu madre que está sano y salvo y que pronto regresará a casa. Imagino que mañana por la tarde, cuando yo me vaya a trabajar, lo tendréis de vuelta.

– Gracias por cuidar de él. No sé qué le habría pasado si no llegas a encontrártelo…

– No te preocupes. Ya ha pasado todo. Nos vemos el lunes.

Cuando Jake volvió a su apartamento, lo hizo cargado con dos bolsas del supermercado y una garrafa de agua. Había comprado carne para cenar e incluso la ayudó a preparar la cena.

El ambiente volvió a relajarse.

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